27 de Abril de 2011. Hace ocho años vende sánguches en la terminal. Mantiene tres hijos. Y le da trabajo a dos mujeres más, madres solteras. La municipalidad la quiere echar del lugar.

Desde abajo, luchó para dejar atrás un pasado de privaciones y marginalidad. Lo logró. Ahora, el municipio la expulsa de la terminal. Ella no se da por vencida: encargó la construcción de un trailer para poder seguir con su actividad.

Pero le falta un lugar. Está esperando que le den permiso para ubicarlo en un rincón del estacionamiento de la legislatura provincial. Una historia de coraje y esfuerzo para emerger del barro.

Paula Ullúa.

Paula Ullúa.

De abajo.- Paula Ullúa tiene 30 años. Vive en el Barrio San Cayetano, cerca del hospital, en una casa de barrio. Es una madre sola, mantiene a sus tres hijos, Ama, de 15, Emiliano, de 14, y Bruno, de 7.

Desde 2002 vende sánguches en la terminal de ómnibus. Hoy tiene una mini empresa, con ella trabajan dos mujeres, madres solteras, con chicos a cargo.  Con la venta de sánguches, se sostienen tres familias. “Son tres fuentes de trabajo”, resalta.

“Arranqué en el hospital. Llevé 20 sánguches el primer día y me quedaron diez. Pasé por la terminal, vi movimiento y me bajé, andaba en bicicleta. Los últimos diez los vendí ahi. Y después seguí, seguí y seguí”, dice.

“Arranqué re de abajo. Una que no tenía trabajo. Y otra que yo andaba robando para vivir, vivía en la miseria. Era una de las mecheras de Santa Rosa”, recuerda.

“Ahora lo logré todo. No necesito sacar nada. Una vez mi hija me preguntó de dónde sacaba las cosas , sabía que no trabajaba. Dije nunca más y nunca más. Tengo acceso a toda las oficinas en la terminal, veo fangotes de plata y ‘no me llama’. Yo todo lo que tengo, me lo propongo”, sigue.

“Hoy voy a los locales donde robaba y me abren las puertas.  Tengo cuenta corriente en todos lados dónde voy”, cuenta con orgullo.

Tres fuentes laborales.- Paula cuenta que actualmente vende 400 sanguches por día de promedio. Se toma sábado y domigno para descansar y dedicarse a sus hijos.

Durante la semana, duerme cinco horas. Se levanta 6 y media, lleva los chicos a la escuela (la más grande en la Agrotécnica, el del medio en el Liceo y el más chico en la Escuela 1) y vuelve a su casa para cocinar y armar los sánguches.

Antes del mediodía ya está en la terminal, hasta la 1.10. Cuando llega a su casa, arma los  sángches para la tarde. A las 17 regresa a la Terminal, hasta las 21.30. Después de cenar con los chicos, a dormir.

“Vivo bien. Nunca me había podido ir de vacaciones. Logré irme de vacaciones, compré mi auto, refaccione toda la casa, le festejé el cumpleaños de quince a mi hija. Pueden tener una computadora. Cosas que yo nunca tuve. Les doy todo lo que nunca pude tener”, confía.

El pasado de Paula es difícil. A los 13 años se fue de su casa y no volvió más. A los 14, quedó embarazada. “Nunca tuve contención. Nunca tuve un domingo con una mesa larga”, lamenta.

Del barro, aún arrastra resabios. Hace un año tuvo un intento de suicidio. “Me agarró una depresión. Te vienen todos los  recuerdos a la cabeza y te querés matar.  Estuve internada en siquiatría. Nunca me imaginé que podía estar ahí”, confiesa.

Un lugar en el mundo.- Paula, con sus hijos, salió a flote. Pero tiene otra batalla por delante. Su “pyme” cuenta con la habilitación de Bromatología y está inscripta en el monotributo social.

Después de estar ocho años en la terminal y ganarse el cariño de la gente, chóferes y demás, con el ingreso del nuevo concesionario en el buffet de la terminal, desde el municipio la quieren sacar del lugar porque según las ordenanzas están prohibido los vendedores ambulantes.

Hace un mes, dos veces fue blanco de un operativo policial. En uno de ellos, los efectivos la reprimieron junto a uno de sus hijos. Hubo forcejeos y golpes. La gente que había en el lugar salió en su defensa.

“Más allá de la plata, no me quiero ir por el sentimiento de la gente. Acá encontré todo lo que me faltaba. La gente de los pueblos te alienta, el apoyo que tengo es impresionante. Capaz que no te compran un sánguche pero me preguntan cómo ando o me dicen que la terminal está triste si yo no estoy. No te dejan bajar los brazos”, cuenta.

“Yo sabía que no se permitían los vendedores. Pero nunca se habían puesto firmes. Una sola vez les tuve que pagar una multa de 650 pesos”, dice.

Después del traumático operativo policial, siguió vendiendo. Si bien no volvieron los uniformados, el municipio insiste con que tiene que irse y llegó a reunirse con la secretaria de la Producción, Elida Deana. No avanzaron en ninguna alternativa para conseguir el permiso y seguir en el lugar.

Paula decidió encarar la construcción de un carro para vender sánguches. Le cuesta 40 mil pesos. Consiguió un préstamo y con unos ahorros, lo encargó. En un mes, estaría terminado el trailer, cero kilómetro, con carteles luminosos.

En la municipalidad le prometieron que le otorgarán un microemprendimento de 20 mil pesos. Pero para destrabar ese trámite, necesita un lugar, un permiso para ubicar el carro y ejercer la actividad.

Primero pidió al municipio que la dejen ubicar en la plaza que está frente a la terminal, en la esquina, sobre la calle Corrientes. Pero le contestaron negativamente.

Entonces se le ocurrió pedir un lugar en el estacionamiento de la legislatura provincial, a cien metros de la Terminal. El sitio le permitiría no despegarse de su clientela. Por estos días está aguardando la respuesta a ese pedido.

“Yo no me quiero ir lejos de la terminal. Mi gente es mi gente”, insiste Paula.

“Sé que no es posible seguir en la terminal porque estoy cometiendo una infracción. En 20 días tengo el carro y necesito un lugar. Una vez que tenga el carro no les piso más el anden. Voy a extrañar. Pero mi gente me va a acompañar, tiene que caminar cien metros. La gente me quiere, yo me gané el cariño de la gente”, asegura.

-¿Sentís que corres peligro de volver a tu pasado?
-No tengo miedo. Me considero una mina re fuerte. Soy una persona inteligente. Me lo han dicho. Es lo que me sirve para defenderme.

-¿Sos optimista?
-El carro ya lo tengo. Pienso que sí. En 20 días está en la calle. Necesito el lugar. Esa es mi fuente de trabajo. Siempre fue mi sueño tener un carro de esos. Nunca lo encaré porque era mucha plata. Dentro de todo, por ahí capaz que les termino agradeciendo. Me voy a ir para hacer algo mejor.

Procedencia de la información:
El Diario de la Pampa
Paula, la historia de una madre coraje

Calendula
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