Elisa, madre soltera, crió a su hija, la educó, y un buen día, habiendo llegado a su mayoría de edad, ésta se fue a China a completar sus estudios. Elisa la echó en falta. Y planeó ir en su busca, para estar más cerca de ella. Elisa nos relata un viaje repleto de sorpresas y algunos sinsabores.

Japón. Cerezo en flor.

Cerezo en flor.

Elisa escribió:

Primera parte

Transcurridos casi 25 años del nacimiento de mi hija, había pensado que al graduarse profesional me liberaría de toda responsabilidad. Sin embargo quedé impactada cuando recibí la noticia que había ganado una beca para realizar una maestría en la República de China.

El 31 de Agosto del 2010, tomó sus maletas y se fue. Ese momento comenzó, para mí, una aventura y peregrinación. No había perdido la costumbre de cuidarla como un diamante. La seguí a través del internet vía satélite. Sabía el número de vuelo y la línea aérea que se la llevaba al otro lado del mundo y desde ese día quedé prendida al computador.  La recordaba y añoraba por todos los lugares que caminaba. Me arrepentí no haberle dado más besos cuando estaba a mi lado y era una niña. Sentí que había sido muy estricta con ella y quien sabe muy fría por mi condición de asumir doble función (madre y padre).

Pero a pesar de las tristes condiciones en que me encontraba, cuando hablaba con ella a través del internet lo hacía con una emoción contenida, para no dejar escapar mi llanto. Ella se dio cuenta de mi estado y empezó a mandarme páginas chinas de avisos clasificados, donde requerían maestros para la enseñanza del idioma español. Quizás inconsciente, mi niña deseaba estuviera a su lado y yo reviví las esperanzas de volverla a ver muy pronto.

No dejé pasar un solo minuto, mandé mi CV a todos los avisos clasificados que podía, en idioma inglés (yo no sé hablar inglés, usé el traductor de google). Finalmente, recibí una respuesta, recibí el modelo de contrato de trabajo y, sin pensarlo dos veces, vendí mis cosas de valor, compré mi pasaje y me fui tras ella…

Mis 2 hermanas no comprendieron mi estado emocional, no pudieron ocultar su descontento por mi decisión. Ellas habían comprado una casa a nombre de los 5 hermanos que somos, con la herencia de mis padres (yo no estuve de acuerdo, pero apoyé su decisión). En ella vivíamos mi madre, mi hija y yo. Se fue Daniela (mi hija) y la casa me quedó muy grande. Pedí a mis hermanas venderla y hacer la voluntad de mi madre, “dividir la herencia entre todos”. La respuesta fue: “Tú puedes hacer de tu vida lo que quieras, pero la casa la vendemos cuando se muera la mami”. ¿Quien  hubiera pensado que esta respuesta fuera una de las causas para que yo apresurara mis decisiones?

Algunos días venían mis hermanas a visitar a mi madre y observaban el cuidado de la casa, un pequeño recuerdo es que una me decía: “riegas mucho el jardín, cada que vengo, me duelen mis huesos por la humedad”. Cuando venia la otra decía: “No riegas el jardín esta descuidado y las plantas están secas”. Y para resumir; mi madre me había pedido por favor no recibir a ninguna amistad en casa. El objetivo que ella tenia, era cuidar la casa que no era suya, era de sus 5 hijos, incluida yo, por supuesto, pero sin derechos, sino mas bien con obligaciones. Me pidió también no saliera a trabajar y me quedara en casa.

Comprendí que por la ausencia de mi hija, ella también sintió cierto vacío y temía quedarse sola. Para mí no era ningún problema cuidarla, acompañarla, como lo había hecho durante más de 30 años. Pero en casa nueva de 5 dueños, la convivencia, ahora, ya no era la misma.

Caí en la depresión. Cada día a la misma hora (hora que llegaba mi hija de su trabajo) se me hinchaba el estomago y se me dificultaba la respiración. Después de aguantar una semana este malestar, acudí al médico, me realizaron muchos exámenes y no encontraron nada extraño en mi organismo.  Así que después de saber, el doctor, la hora de mi malestar y la ausencia de mi hija, me derivaron al psiquiatra. Allí en ese consultorio encontré cierta paz y esperanza (la que no encontraba en casa y necesitaba).

Parecía que hubieran pasado no cuatro meses, sino años de la ausencia de mi hija. Después de las fiestas de fin  de año Navidad y Año Nuevo, una amiga de infancia (hija de la amiga de mi madre) me sorprende con su llegada desde España; venía a realizar sus trámites de nacionalización. Este reencuentro fue maravilloso!  Contra la voluntad de mi madre la cobijé en casa. Salíamos después del desayuno y volvíamos por la noche.  En los momentos que tuvimos la oportunidad de compartir con mi madre y mis hermanas, Gaby (mi amiga) percibió el desencanto que manifestaban mis hermanas por mi idea de viajar a la China.

¡Que fortaleza la de mi amiga! Es cierto que pasaba por momentos de abatimiento, plenamente justificados. Ella había sido traicionada por su marido antes de irse a Europa. Sus tres hijos ya mayores tenían sus propios hogares y no le perdonaban su huida a España. También ella estaba sola.  Pero su serenidad me alentaba, y me daba fuerzas para seguir con mis planes.

Preparamos ambas nuestro viaje por distintos rumbos con tanta ilusión, y tanta alegría, que nadie podía suponer que cada una, por su lado, llevaba una pena tan grande en el corazón.

Elisa