El temperamento de una persona se hereda y se modifica con el tiempo. Hay niños que por naturaleza tienen una mayor agresividad o responden exageradamente con una conducta que es inaceptable para los que les rodean. Fijar límites en la conducta es importante para una convivencia pacífica y evitar peligros para otras personas.

Respuesta del experto Santiago García-Tornel Florensa

La mayoría de conductas agresivas son aprendidas y fomentadas por los padres o el entorno.

La mayoría de conductas agresivas son aprendidas y fomentadas por los padres o el entorno.

La agresividad puede manifestarse mediante palabras (insultos, tacos, gritos y chillidos) u obras (morder, pegar, pellizcar, arañar, dar patadas, empujar o tirar a otro al suelo). Con estas conductas, el niño pretende todo lo que tiene a su alrededor. Cuando estos niños no consiguen lo que quieren, transforman su energía en violencia. La conducta violenta es una preocupación social de plena actualidad y está continuamente presente en nuestras vidas. Es más, los medios de comunicación enseñan a los niños a resolver los problemas o las diferencias de opinión de una forma violenta sin fomentar el diálogo.

El niño pequeño que es violento es mal aceptado por su entorno social y por sus propios padres. Resulta sorprendente ver cómo algunos han perdido su autoridad y son insultados en público (“eres tonta”, “eres una estúpida”) por un mequetrefe que sólo tiene tres o cuatro años de edad. En otras ocasiones, cuando la agresión es física, como por ejemplo morder a otro en la guardería o en casa de un amigo, puede dar lugar a que se genere una mala relación entre los padres de ambos por la conducta de uno de ellos.

En algunas familias, y según el nivel cultural, se fomenta un poco que los varones sean más agresivos (“para ser más hombres”). En otras, tener un hijo “con temperamento” les acongoja por si fuera un presagio de una futura delincuencia.

Morder, pegar y/o otras conductas agresivas se van aprendiendo, muchas veces, a partir del año de edad de una forma casual. Incluso sin querer, los padres las refuerzan porque les hacen gracia las “habilidades” que va adquiriendo y en las que cada vez tiene mayor destreza. El niño también descubre en sí mismo que tiene una fuerza física que puede emplear en otras cosas diferentes a jugar. Cuando los padres quieren controlar la situación que se está desbordando creen que han de dominar al niño “con mano dura”, actitud que no hace más que empeorar el círculo vicioso.

La mejor forma de controlar los impulsos agresivos es fijar límites firmes y consistentes desde pequeños. Explicar bien la norma poniendo el “yo” delante los padres, que, al fin y al cabo son los que mandan y los que han de sugerir que el niño tenga otras formas de expresar el enfado con palabras de una forma calmada: “A mí no me gusta que pegues. No hay que hacer daño a nadie”. Un método muy antiguo y también recomendado para el enfado de los adultos es “contar hasta diez” antes de actuar.

No debe olvidarse nunca que la mayoría de las conductas agresivas son aprendidas y fomentadas por los padres o por el entorno. Por lo tanto, los niños serán menos agresivos con unos padres que muestren un buen dominio de sí mismos y su capacidad de dialogar para resolver los conflictos.

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Procedencia de la información:

Familiaforum.net
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