A partir de su experiencia, esta escritora estadounidense hace una revisión histórica del “mercado del matrimonio” en el artículo “Todas esas solteras”. Analiza los profundos cambios que experimentan las relaciones desde que la mujer superó al hombre en educación y empleo.

“A medida que las mujeres han subido cada vez más alto, los hombres han ido quedando atrás. Hemos llegado a la cima para comenzar nuestras vidas y hemos terminado viéndonos en una enorme habitación al final de una fiesta, en la que la mayoría de los hombres ya se han marchado, otros nunca aparecieron y los que se quedaron no son aquellos con los que una quisiera salir.”

por Kate Bolick/The Atlantic / Ilustración: Rafael Edwards

EN 2001, cuando tenía 28 años, rompí con mi novio Allan, aunque no tenía buenos motivos para hacerlo. El era (y es) una persona excepcional. Mis amigos, muchos de ellos casados o en vías de hacerlo, estaban perplejos. Sólo puedo decir a mi favor que tenía dos convicciones innegables: algo faltaba y no estaba preparada.

El período que vino luego fue horrible. Lloraba todo el tiempo. Echaba de menos. Ocasionalmente sigo preguntándome si estuvo bien haberlo hecho. Tengo 39 años y demasiados ex novios y, se me dice, enfrento dos opciones desalentadoras: seguir soltera o esperar a una pareja “suficientemente buena”. A estas alturas, enamorarse y casarse puede que sea más el resultado de un gran golpe de suerte que de una elección. Hace una década, la suerte era algo que ni se me cruzaba por la cabeza. Había estado enamorada y volvería a estarlo.

Bueno, eran muchas las cosas que no sabía hace 10 años. La decisión de terminar una relación por razones abstractas tiene que ver con la ideología postboomer que valora la satisfacción emocional por sobre todas las cosas y con la idea feminista, adquirida de mi madre, de privilegiar la independencia a emparejarse.

Con mis amigas en la universidad dábamos por hecho que nos casaríamos después de finalizar los estudios e iniciar nuestras carreras, lo cual sucedería a la mágica edad de los 30. Que nos casaríamos y que siempre habría hombres con los que quisiéramos hacerlo era un asunto de fe. ¿Cómo no iba a serlo? Una de las muchas formas en que nuestras vidas diferían de las de nuestras madres era en la variedad de interacciones con el sexo opuesto que teníamos. Los hombres eran nuestros compañeros y colegas, jefes y profesores, así como nuestros alumnos y subordinados: un verdadero universo de posibles amigos, novios, amigos con ventajas e incluso ex novios convertidos en amigos. Los límites eran fluidos y los roles cambiaban constantemente.

Pero lo que ha ocurrido después está más allá de cualquier imaginación: a medida que las mujeres han subido cada vez más alto, los hombres han ido quedando atrás. Hemos llegado a la cima para comenzar nuestras vidas y hemos terminado viéndonos en una enorme habitación al final de una fiesta, en la que la mayoría de los hombres ya se han marchado, otros nunca aparecieron y los que se quedaron no son aquellos con los que uno quisiera salir.

Un cambio extraordinario

En los 90, Stephanie Coontz, una historiadora del Evergreen State College en Washington, advirtió un aumento en las preguntas de reporteros y de audiencias acerca de si la institución del matrimonio estaba apagándose. Ella no lo creía. Decidió escribir un libro para desacreditar esa percepción y probar que las formas en que pensamos sobre la unión legal entre un hombre y una mujer siempre han estado cambiando.

En su libro Matrimonio, una historia: desde la obediencia a la intimidad, o cómo el amor conquistó el matrimonio, investigó cinco mil años de hábitos humanos, desde nuestros días de cazadores recolectores hasta el presente, mostrando que nuestros arreglos sociales eran más complejos y variados de lo que nos podría parecer posible.

Durante miles de años, el matrimonio había sido principalmente un contrato económico y político, negociado por las familias, la Iglesia y la comunidad. Se necesitaba más de una persona para que una granja o negocio funcionara, por lo que los recursos y habilidades del cónyuge potencial eran tan valorados como la personalidad y el atractivo. Esto era cierto para todas las clases sociales. No fue hasta el siglo 18 que el trabajo comenzó a dividirse en torno a una línea aguda: sueldo para los hombres y manutención impaga del hogar y de los niños para las mujeres. Coontz advierte que hasta el siglo 17, las contribuciones de la mujer a la economía familiar eran abiertamente reconocidas, y se instaba a hombres y mujeres a compartir las tareas domésticas. Pero con la división del trabajo, también se separaron nuestras esferas de experiencia -el mercado versus el hogar-.

Pero, para sorpresa de Coontz, detrás de la alarma de reporteros y de audiencias podía haber algo. Coontz no creía que el matrimonio se estuviese disolviendo, pero se dio cuenta de que estaba atravesando una transformación mucho más radical. “Hoy estamos experimentando una revolución histórica tan desgarradora e irreversible como la Revolución Industrial”, escribió.

Hablé con Coontz sobre esto. “Estamos en medio de un cambio extraordinario”, me dijo. “La transformación es transcendental, inmensamente liberadora y aterradora. Cuando se trata de qué es lo que las persona esperan del matrimonio y las relaciones, y cómo organizan sus vidas románticas y sexuales, todas las viejas formas han caído”.

Para empezar, estamos atrasando la edad del matrimonio. En 1960, la edad promedio del primer matrimonio era de 23 años en los hombres y 20 en las mujeres, hoy es de 28 y 26. Actualmente, la proporción de mujeres de treinta y tantos casadas es la menor desde los 50. También nos estamos casando menos. En 1997, 29% de mi cohorte de la Generación X estaba casada; entre los actuales Millennials la cifra cayó a 22%.

Y más importante, ya no necesitamos maridos para tener hijos, y tampoco tenemos que tenerlos si no los queremos. Para quienes deseen un hijo biológico y no han encontrado al hombre correcto, ahora es un buen momento. Hoy, 40% de los hijos vienen de madres solteras. Esto no quiere decir que todas hayan escogido esa ruta, pero el hecho de que muchas mujeres de clase media-alta lo hagan ha disminuido el estigma. Aunque la maternidad en sí ya no es compulsoria. Desde 1976, el porcentaje de mujeres que en sus 40 no han tenido hijos se dobló. Una mujer sin casarse y sin hijos, de cierta edad, ya no es vista como una solterona infértil.

Entre las razones de los cambios en la estructura familiar están, ante todo, los avances de los movimientos de la mujer. Durante el último medio siglo, las mujeres han alcanzado -y sobrepasado- a los hombres en educación y empleo. Desde 1970, los ingresos de las mujeres han crecido 44%, comparado con el 6% de los hombres. Un estudio de 2010 mostró que las mujeres solteras de entre 22 y 30 años ganan 8% más que los hombres de iguales condiciones. Las mujeres también van más a la universidad: 55% de todos los graduados son mujeres. No es todo. El 51,4% de los puestos gerenciales y profesionales son ocupados por mujeres, subiendo del 26% en 1980.

El dominio económico se está extinguiendo

Las implicancias son extraordinarias. Si las mujeres están ascendiendo en todos los sectores, significa que el régimen de matrimonio basado en el dominio económico de los hombres está extinguiéndose. Ahora que estamos liberadas de necesitarlos, somos libres para que nos gusten más, que es en lo que consiste el amor ¿no es así?

Lo cierto es que el declive de los hombres ha traído malas noticias para el matrimonio. Las mujeres nunca han enfrentado una oferta tan decreciente de lo que normalmente se consideraba hombres “casaderos”, aquellos que son más educados y ganan más que ellas. De modo que las mujeres enfrentan un nuevo tipo de escasez. Aunque han visto crecer su rango de opciones (aumentando el tipo de hombres con los cuales es socialmente aceptable estar o admitiéndose la posibilidad de no casarse), la nueva escasez rompe con lo que los economistas llaman “el mercado del matrimonio”, haciendo más difícil que nunca encontrar un buen hombre. ¿Qué implicará esto para la familia?

En su libro de 1983 ¿Demasiadas Mujeres? La cuestión de la proporción sexual, dos sicólogos desarrollaron la llamada teoría Guttentag-Secord, según la cual los miembros del género con menor oferta son menos dependientes de sus parejas, porque tienen disponibles una mayor cantidad de relaciones alternativas; esto es, un mayor “poder diádico” que los miembros del sexo con exceso de oferta. Cómo se manifiesta, varía drásticamente según el género.

En las sociedades donde los hombres sobrepasan largamente a las mujeres, ellas son valoradas y tratadas con deferencia, y usan su alto poder diádico para crear vínculos comprometidos con sus parejas y crear una familia. Las tasas de ilegitimidad y divorcio son bajas. Se valoran los roles tradicionales de madre y dueña de casa. Sin embargo, los hombres limitan la fuerza económica y política de la mujer.

Uno esperaría que cuando las mujeres superan a los hombres, ellas deberían tener la ventaja social y sexual. Pero no es así. Cuando hay abundancia de mujeres, los hombres se vuelven promiscuos y no están disponibles para relaciones monogámicas. En sociedades con demasiadas mujeres, según la teoría, pocas personas se casan o lo hacen ya mayores. Como los hombres sacan ventaja de la variedad de potenciales parejas, los roles tradicionales de la mujer no son valorados y éstas desarrollan más ambiciones fuera de la familia. En 1988, los sociólogos Scott J. South y Katherine Trent probaron la teoría al analizar los datos de 117 países. Más hombres implicaban más mujeres casadas, menos divorcios y menos mujeres en la fuerza laboral. También vieron que estas dinámicas eran más pronunciadas en países desarrollados.

Hoy enfrentamos una “brecha de relaciones”, en la que las mujeres orientadas al matrimonio enfrentan crecientemente buenos para nada o jugadores. La evidencia no hay que buscarla en el pasado. Tenemos dos ejemplos: la comunidad afroamericana y las universidades.

La comunidad afroamericana y las universidades

Lo que ha vivido en los últimos 50 años, bien podría colocar a la nación afroamericana como una nación aparte. Un sorprendente 70% de las mujeres negras no están casadas, y tienen el doble de posibilidades que las mujeres blancas de permanecer así. Las que sí se casan tienen el doble de posibilidades de fracasar. A menudo esto se explica por las altas tasas de encarcelamiento, pero va mucho más allá. En todos los niveles de ingresos, los hombres negros han caído por debajo de las mujeres negras, en lo profesional y educacional; las mujeres con títulos universitarios los doblan.

En ¿Es el matrimonio sólo para blancos?, el profesor de Derecho de Stanford, Ralph Richard Banks, arguye que la experiencia de los negros en los últimos 50 años es un presagio de la sociedad en general. Lo cierto es que lo que ha vivido la familia negra está comenzando a vivirlo la familia blanca. En 1950, 64% de las mujeres afroamericanas estaban casadas, la misma cifra que las blancas. Hacia 1965, las tasas de matrimonio afroamericanos habían declinado estrepitosamente. En los años siguientes también los matrimonios blancos. En 1965, menos de 25% de los niños negros eran producto del vínculo nupcial; en 2011, la cifra se repetía en los niños blancos. “Si eres un exitoso hombre en Nueva York, tus opciones son muchas”, me dijo Banks. “¿Para qué casarse, si no tienes que hacerlo?”.

El inicio de los 90 presenció el amanecer de la “cultura del salir” en las universidades, cuando éstas dejaron de actuar como padres sustitutos y los estudiantes se lanzaron frenéticamente en salidas de una sola noche. Dependiendo de a quién se le consulte, esto ha liberado a las mujeres jóvenes de avergonzarse de sus necesidades sexuales o las ha lanzado a una promiscuidad que no pidieron. Los hombres jóvenes, aparentemente, no podrían estar más felices. El año pasado, una ex consultora llamada Susan Walsh escarbó más en el tema. Aplicó el llamado principio de Pareto -según el cual en muchos eventos, cerca de un 20% de las causas crea el 80% de los efectos- al mercado de las salidas universitarias. Concluyó que sólo 20% de los hombre (los considerados de mayor estatus) tenían 80% del sexo, con sólo 20% de las mujeres (aquellas con mayor disposición sexual); el restante 80%, hombres y mujeres, se quedaban solos en el baile.

Bella DePaulo, sicóloga social y profesora en la Universidad de California, es la pensadora y escritora más importante de Estados Unidos sobre la experiencia de la soltería. En 2006, escribió Singled Out, donde decía que las complejidades de la vida moderna y la fragilidad de la institución del matrimonio han inspirado una glorificación sin precedentes de las parejas. Conversé con ella en julio. Me habló sobre cómo la fijación cultural en la pareja nos ciega sobre la completa red de relaciones que nos sostiene día a día. Somos mucho más que con quién estamos casados: somos amigos, abuelos, colegas, primos. Ignorar la profundidad y complejidades de estas redes es limitar nuestras experiencias emocionales.

Personalmente, me pregunto si no estamos presenciando el auge de la tía, basada en el simple hecho de que las dos pequeñas hijas de mi hermano me han traído recompensas emocionales que no anticipé. Siempre he sido cercana a mi familia, pero mis sobrinas me han recordado el don de cuidar y preocuparse profundamente de otro. Existen muchas formas de conocer el amor.

No se trata de cuestionar el amor romántico, más bien de examinar las formas en que pensamos acerca del amor; y la faz cambiante del matrimonio nos está dando la oportunidad. “El amor viene del motor de la mente, de la parte que desea y que ansía un pedazo de chocolate o un ascenso en el trabajo”, me dijo Helen Fisher, una antropóloga biológica y una de las principales estudiosas del amor. El deseo perdura; lo que deseamos cambia con la cultura.

La sexualización de la pareja

Nuestra fijación cultural en la pareja es un desarrollo reciente. Aunque el “vínculo de a dos” data de unos 3,5 millones de años, según Fisher, los cazadores-recolectores evolucionaron en grupos en los que hombres y mujeres compartían el trabajo. Los niños eran criados colaborativamente y, como resultado, mujeres y hombres eran social y sexualmente más o menos iguales; el divorcio (o su equivalente) era común. Fisher cree que la tendencia actual de un matrimonio entre iguales “nos está llevando atrás en la historia”.

No fue hasta que nos mudamos a las granjas, y pasamos a una economía agraria centrada en la propiedad, que la pareja casada se convirtió en la principal unidad de producción. Como explica Stephanie Coontz, en la Edad Media, la mezcla entre las interdependencias económicas y el éxito de la Iglesia Católica en limitar el divorcio creó la tradición de casarse con una persona y permanecer así hasta que la muerte los separe. Hasta mediado del siglo 19, la palabra amor era usada con mayor frecuencia para describir sentimientos familiares y de vecindad, que para describir los que se sentían hacia la pareja. Pero con la sexualización del matrimonio, especialmente a principios del siglo 20, los antiguos lazos sociales se desvaloraron drásticamente para fortalecer el vínculo entre marido y mujer. “Cuando la relación de una pareja es fuerte, un matrimonio puede ser muy satisfactorio. Pero al recargarlo con más exigencias de las que un individuo puede cumplir, estamos presionándolo demasiado y tenemos menos sistemas emocionales a los que recurrir si el matrimonio flaquea”.

Incluso hay quienes dicen que el vínculo de pareja, en vez de fortalecer las comunidades, las debilita, ya que una pareja casada se vuelve demasiado ocupada con su pequeña nación de a dos. En 2006, las sociólogas Naomi Gerstel y Natalia Sarkisian concluyeron en un estudio que, a diferencia de los solteros, las parejas casadas pasaban menos tiempo en contacto con sus amigos o el resto de su familia, y que es menos probable que les brinden apoyo emocional y práctico. “Matrimonios egoístas”, los llamaron.

Ahora que las mujeres son financieramente independientes y que el matrimonio es más una opción que una necesidad, somos libres de perseguir lo que el sociólogo británico Anthony Giddens ha denominado como “relaciones puras”, en las que la intimidad se busca en sí misma y no sólo para reproducirse. No estoy diciendo que no hay que fomentar el matrimonio; es un modelo probado y exitoso para criar hijos en una economía moderna. Pero deberíamos estudiar y apoyar arreglos familiares alternativos que pueden brindar fortaleza y estabilidad a los hijos mientras crecen.

Procedencia de la información:
La tercera
Todas esas solteras