Ahora ella sabe que, aunque se amen, es una relación limitada.

La psicóloga Julia Atanasopulo nos presenta el siguiente testimonio.

Querida Susana: He visto tu consulta en el chat, y quisiera contarte mi experiencia para que luego puedas sacar tus propias conclusiones y tomar una decisión consecuente.

Cuando llegué el sábado a mi casa, aún no eran las doce. La cena había terminado temprano y yo, como siempre, rechacé la invitación de mis amigos de continuar la marcha en otro sitio. Me quité la ropa y, como todas las noches, me dispuse a esperar la llamada de Ramón.

El error está en creer que es lo que no es.

¿Noviazgo? No. El error está en creer que es lo que no es.

Él siempre me llama por la noche, y yo sé que no lo hace sólo para desearme buenos sueños, sino también por su necesidad de controlar a qué hora he llegado. Sí, aunque cueste creerlo, a Ramón no le gusta que salga sola, y, con los años, he ido aceptando sus celos; por lo tanto, evito las salidas que puedan resultar conflictivas. Parece increíble, pero con el tiempo las personas nos adaptamos a todo. Él y lo llevamos quince años juntos y, en estos quince años, me he ido habituando a muchas cosas. Pero, sobre todo, me he acostumbrado… a esperar.

No es fácil ser pareja de un hombre casado. ¡Si hasta la frase suena ridícula! Pero es así: mi novio está casado. Cuando empezó nuestra relación, yo tenía más o menos tu edad, veinticinco años. Había conseguido mi primer trabajo y allí estaba él. El resto es fácil de adivinar. Primero fueron los desayunos compartidos, luego comenzaron algunas cervezas a la salida del trabajo, hasta que, finalmente, nos enamoramos. Así de simple y así de tortuoso.

El primer año fue maravilloso. Él robaba tiempo de donde podía para estar conmigo, y yo, salvo las horas laborables, estaba enteramente a su disposición. Todas las tardes nos íbamos a mi apartamento y, de manera irremediable, a las nueve en punto, él se marchaba. Lo clandestino y prohibido de nuestra relación la hacía aún más apasionada; yo lo amaba profundamente y no tengo ninguna duda de que él a mí también.

Fue transcurriendo el tiempo. Ramón no podía solucionar la situación porque tenía un niño de un año y otro de tres, y yo comprendía que eran demasiado pequeños para dejarlos. Pero no importaba, porque él me compensaba pasando conmigo algún que otro fin de semana y unos pocos días de vacaciones en los que se quedaba libre, ya que su mujer, de julio a septiembre, se instalaba en la playa.

Fueron pasando los meses y los años. Me conformé con las Nocheviejas en soledad: renuncié a viajes; asistí a las bodas de mis hermanos y de mis amigas, y, más tarde, vi nacer y crecer a mis sobrinos, contemplando también, con dolor, cómo se alejaba de mí la maternidad. Y, casi sin darme cuenta, me fui transformando en la tía soltera, en la eterna proveedora de juguetes y paseos.

En realidad, sé que Ramón me ha querido y me quiere mucho. Pero no ha estado, ni está, en las fiestas familiares ni en los cumpleaños ni en las reuniones sociales ni, mucho menos, en la cotidianeidad compartida. Sé que tengo con él una vida a medias y que el nuestro, salvo raras excepciones, es un amor sometido a los límites de mi piso.

Te preguntarás por qué no dejo a Ramón. La respuesta es simple: porque siento que ahora ya es demasiado tarde para remediar esta situación. Hoy tengo cuarenta años.

Al principio no lo dejé porque tenía la esperanza de que la situación cambiaría algún día. Y ahora tengo miedo de hacerlo porque creo que es mi vida la que ha perdido la posibilidad de cambiar, la posibilidad de que me espere algo mejor.

Ésta es mi experiencia, Susana, y espero que te sirva de ejemplo. Hace un tiempo escuché decir a un terapeuta que una pareja se define por el hecho de tener un proyecto de vida en común.

En una relación con un hombre casado, y en tanto no cambie su situación, no existe pareja, porque no existe un proyecto en común. Lo que en realidad hay es el sueño de tener alguna vez un proyecto en común, y yo, que lo he vivido, te aseguro, Susana, que no es lo mismo.

Procedencia de la información:
Revista Cuerpo Mente nº 20
Artículo: Él está casado
Autora: Julia Atanasopulo. Psicóloga.

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