“¿Hay que castigar al niño de cuatro años que suelta una patada a la abuela cuando se acerca a saludarle? ¿Y al de diez que se niega a poner la mesa o que no acude a cenar cuando le llaman? ¿Y al adolescente que regresa a casa tres cuartos de hora más tarde de lo acordado? Y si hay que castigarle, ¿cómo? ¿A quedarse en su cuarto? ¿Sin ver televisión? ¿Sin salir con los amigos…?

Imposible encontrar, más allá del rechazo general al castigo corporal, una respuesta unánime a estas preguntas ni entre las familias ni entre los especialistas en educación. Mientras algunos psicólogos y pedagogos consideran que el castigo es contraproducente porque daña la autoestima, produce tensión y agresividad y puede afianzar las conductas negativas, otros opinan que peor es dejar pasar las conductas inadecuadas, y que el castigo, entendido como sanción, resulta educativo.”

"El castigo humillante es peor que un cachete."

"El castigo humillante es peor que un cachete."

Vamos a entresacar algunos párrafos del artículo de Mayte Rius publicado por el digital La Vanguardia con fecha 24 de abril de 2010. Tiene un notable interés para la educación de niños y adolescentes en familia.

A favor del buen castigo

“La sanción es parte de la educación; permite adquirir conciencia moral del comportamiento, porque los niños no tienen tan claro lo que está bien o está mal, y tienen que aprender que hay cosas que son inadmisibles”, afirma Javier Urra, psicólogo especializado en infancia, ex Defensor del Menor y autor de Educar con sentido común (Ed. Aguilar). Es más, en su opinión, el castigo es un derecho del menor. “Si no los sancionas se quedan sin referentes, sin límites, y se neurotizan y se convierten en un problema para ellos y para los demás”, dice Urra. Y explica que muchos de los jóvenes con los que se relaciona como psicólogo forense de la Fiscalía de Menores están convencidos de que no les importan a sus padres “porque haga lo que haga no me dicen nada”. “Lo peor es el buenismo, el dejar pasar los malos comportamientos, porque al chaval le queda la imagen de que sus padres pasan de él, de que les da igual”, coincide el sociólogo y presidente del Forum Deusto Javier Elzo.

En contra del castigo

En cambio, Valentín Martínez-Otero, doctor en Psicología y en Pedagogía y profesor en la facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid, opina que los castigos pueden provocar más daño que beneficio, y alerta de que sus efectos para eliminar una conducta indeseada no son permanentes, porque si el niño se ve abrumado por los castigos, se habitúa a ellos y las sanciones pierden eficacia. “Los castigos se prestan a múltiples abusos, y aunque sus defensores dicen que son muy eficaces para eliminar conductas inadecuadas, los datos revelan que a menudo sólo se consigue ocultar ese comportamiento, pero no su desaparición, y pueden tener efectos colaterales muy perjudiciales y no deseados, como empeorar las relaciones, agresividad, estados de ansiedad…”, explica Martínez-Otero. En su opinión, para conseguir que los hijos respeten los límites y se comporten bien es preferible fortalecer las conductas adecuadas que castigar las inapropiadas y, sobre todo, ofrecer un buen modelo y ejemplo en casa. “La disciplina es necesaria, pero no debe asentarse en el miedo del hijo; se debe favorecer la reflexión y la comunicación como vías para conocer el motivo y el alcance de la falta, al tiempo que se orienta sobre cuál ha de ser la acción correcta, para que el hijo recapacite y aprenda a conducir su propia vida”, afirma.

A favor de hacer reflexionar a los hijos

Claro que este modelo de hacer reflexionar a los hijos, de mostrarles la relación entre el comportamiento y sus consecuencias, y de ofrecerles alternativas conductuales requiere más tiempo, espacio, paciencia y coherencia que el mandarles castigados a su habitación. “Las sanciones van destinadas a cómo hacer cumplir las normas en casa, y ahí estriba la dificultad, porque establecer las leyes internas sobre lo que se puede o no hacer, lo que se debe o no se debe hacer, exige tener claros los valores y las responsabilidades, dedicar tiempo y espacio a explicárselos al niño, y mantenerlos en el tiempo para que no tenga una idea arbitraria de las normas; pero si los adultos no tienen tiempo, si llegan a casa agotados, pierden la coherencia y la paciencia, responderán de cualquier manera y aparecerán los límites y las penalizaciones arbitrarias, las normas que cambian cada semana, y el niño no tendrá claros los límites y tratará de buscarlos probando a ver qué le da resultado para salirse con la suya”, asegura la pedagoga Silvia Morón, asesora para educación infantil y miembro del grupo de investigación Conflicto, Infancia y Comunicación (Conincom) de Blanquerna-Universitat Ramon Llull.

Cómo aplicar los castigos

“El castigo no se debe aplicar por venganza ni ha de depender del estado anímico de los padres; el niño debe saber por qué se le castiga y la sanción debe ser proporcionada a la falta”, indica Martínez-Otero, para quien, en cualquier caso, el castigo ha de tener siempre carácter extraordinario y finalidad educativa. “Los castigos han de ser pocos, claros y exigibles, y equilibrarlos con afecto, con besos, con reconocimiento a todo lo que el chaval ha hecho bien, con comentarios sobre lo orgullosos que estamos de él por ello; porque es más eficaz lo que propicia lo positivo que lo que intenta cercenar lo negativo, y la idea es no estar tutelando ni sancionando todo el día, y que los hijos se conduzcan de manera adecuada no por miedo al castigo, sino porque han comprendido que la norma es importante para su socialización”, coincide Urra.

Castigo inmediato, proporcional, equilibrado y coherente

Estén a favor o en contra del castigo como herramienta educativa, lo que psicólogos y pedagogos dejan claro es que si se recurre a él para frenar una conducta inadecuada ha de ser inmediato, proporcional, equilibrado y coherente. “Al niño no le vale que le castigues el sábado por algo que hizo el lunes, ni decirle “cuando venga tu padre ya hablaremos”; la sanción debe aplicarse lo más inmediata a la acción que se castiga”, explica Javier Urra. Pero también ha de ser lógica y proporcionada a la edad, al grado de madurez, a la personalidad y a la falta. No es lo mismo la mala intención que la imprudencia o la precipitación; no es lo mismo romper un jarrón jugando y admitirlo, que ocultarlo y echar la culpa a otro. Además, hay que ser coherente, y si se castiga una conducta, hacerlo cada vez que aparezca, y siempre con la misma intensidad, que la sanción impuesta no dependa del estado de ánimo de ese día, de si se tiene mucho trabajo o de si se ha discutido con el jefe.

Cargar con las consecuencias de los actos

Y de la misma manera que hay unanimidad en rechazar los castigos corporales, hay consenso en que la sanción más eficaz es la que obliga a cargar con las consecuencias de los actos o a reparar el daño ocasionado, porque obliga al niño a reflexionar sobre los efectos de sus conductas y le motiva a portarse bien. Es lo que algunos pedagogos llaman castigos correctivos, y que pueden ir desde hacer que destine la mitad de su paga a pagar el objeto que ha roto, hasta dejarle el sábado en casa estudiando u ordenando los armarios porque no cumplió esas responsabilidades durante la semana, no permitir que el adolescente que llega tarde por la noche se quede durmiendo hasta bien entrada la mañana, o no llevar en coche ni disculpar ante el profesor al niño que llega tarde al colegio por pereza.

Castigo desproporcionado

Los educadores también están de acuerdo en que no hay que poner castigos absolutos que cierren el horizonte del niño, del tipo “no tendrás más paga”, “no volverás a salir de casa con tus amigos” o “no tocarás el ordenador en un año”. Entre otras razones, porque cuando el castigo es muy desproporcionado hay más riesgo de tener que dar marcha atrás porque no se puede cumplir, y la eficacia del castigo depende de que se mantenga y se exija su cumplimiento. Puede ser más fácil y efectivo –porque deja un margen para seguir portándose bien– privar a un niño de los 15 primeros minutos de su serie favorita que quitarle la tele todo un fin de semana y luego no ser capaz de cumplirlo. Las advertencias reiteradas y las amenazas vanas hacen que el castigo pierda  efectividad. La recomendación es no levantar los castigos por pereza, debilidad o chantaje emocional. Y si se decide perdonarlo, conviene dar solemnidad al hecho, explicar por qué se hace y dejar claro que es una decisión excepcional. Por ello es importante que a la hora de castigar los dos progenitores mantengan una postura unitaria y no se desautoricen perdonando uno lo que antes sancionó el otro.

El castigo humillante

Tampoco son apropiados los castigos humillantes. “El castigo humillante es peor que un cachete”, afirma Javier Elzo. Y advierte que la humillación puede ser muy sibilina y tan simple como hablar mal del hijo delante de los amigos, de los abuelos, de sus hermanos… Silvia Morón apunta que tampoco hay que castigar con el descanso, con el alimento, con el amor o con las necesidades de los niños. Por ello rechaza que se castigue a los pequeños con no salir al patio o con quedarse sin jugar, o que se prohíba a los adolescentes salir con sus amigos. “A determinada edad el juego es una necesidad, y en la adolescencia lo es el estar con los iguales, así que no conviene privarles de estas actividades, aunque se puede sancionar reduciendo el tiempo destinado a ellas”, explica la pedagoga.

El buen castigo

Su consejo es anticipar siempre las consecuencias de las conductas, que los hijos tengan claro lo que se permite y lo que no. “Si tu hijo adolescente ha de llegar a las 12, hay que advertirle que si llega media hora más tarde, aunque haya una explicación para ello, el próximo fin de semana saldrá media hora menos; así ya está hablado y resulta más eficaz”, ejemplifica.

Porque psicólogos y pedagogos tienen claro que los castigos no deben aplicarse a palo seco. Su recomendación es hablar (que no gritar) y ayudar al hijo a aceptar la sanción como una consecuencia de sus actos, y establecer contacto personal, afectivo, para ayudar a mitigar la rabia que siempre engendra el castigo. Claro que una cosa es sancionar a un niño con un tono afectivo, explicando que es una forma de enseñarle a autogobernarse, y otra castigarle y un minuto después abrazarle por sentimiento de culpa o inseguridad. “Con frecuencia los padres quieren ser una persona próxima a los hijos y les acompleja ser una señorita Rottenmeier, les da miedo castigar, pero siempre es peor dejarlo pasar”, remarca Elzo.

Calendula
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