ADOLESCENTES. La edad de los cambios
“Mis padres no me entienden, siempre estamos discutiendo”. “Mis amigas me han decepcionado”. “Los estudios me agobian”. “Me da asco mirarme al espejo”.
Según el psicólogo clínico David Sola: “En todo este proceso no es nada extraño encontrar adolescentes que no aceptan su nuevo cuerpo y están llenos de complejos; demás, les falta habilidad para manejarlo, les resulta pesado y parece que siempre están cansados.
Pero el primero que se sorprende con los cambios que aparecen a partir de los 12 años acostumbra a ser el propio adolescente, su cuerpo se transforma rápidamente sin que él pueda hacer nada para controlarlo. Aumenta el tamaño de los pechos en las chicas y de los testículos y el pene en los chicos. Las hormona sexuales hacen que unos desarrollen músculos y otras curvas, los varones tendrán pelo en la cara y cambiarán su voz, todos observarán cómo crece el pelo en las axilas y alrededor de los órganos sexuales y, en muchos casos aparecerá el horrible acné. Más avanzada la pubertad, varón y hembra confirman este desarrollo con novedades tales como la eyaculación y la menstruación. Al final de la pubertad, ya ha desaparecido en una serie de aspectos el chico y la chica para dar paso a un hombre y a una mujer.
Paralelamente, el adolescente comienza a experimentar intensamente su individualidad y puede sentirse aislado y encerrado en sí mismo como una víctima de la vida. El mundo que se abre a sus ojos por primera vez le resulta desconocido de forma similar a como s siente consigo mismo: a menudo expresará que está solo, que no le comprenden y muchas veces que la vida no tiene sentido”.
La percepción que el adolescente tiene de sí mismo y del mundo es cada vez más negativa y genera en él una serie de emociones que no sabe controlar. Esto le acarrea cambios bruscos de estados de ánimo, pasando de la euforia al desánimo.
“Uno de los objetivos principales de los adolescentes en nuestra cultura es emanciparse psicológicamente de sus padres. Deben superar la relación de dependencia que tuvieron hasta ahora y desarrollar progresivamente una relación adulta con sus padres y con la sociedad en la que viven.
Por tanto, es normal que este proceso esté caracterizado por la manifestación de rebeldía, desafío, insatisfacción, confusión, inquietud, emociones exaltadas, fluctuaciones de los estados de ánimo y ambivalencia.
Pero también es igual de cierto que los tiempos de crisis ofrecen una oportunidad única para que la relación entre padres e hijos evolucione, se enriquezca y consolide; no en la dependencia y en la imposición que lleva a hacer crónicos los conflictos, sino en la ayuda inteligente y afectuosa que crea relaciones en nuevos niveles de reconocimiento, amistad y amor”.
Fuente de información:
David Solá
Este adolescente necesita otros padres
Ediciones Noufront, 2008
Calendula
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